jueves, 13 de octubre de 2011

LOS CUATRO, EN LA CORNISA (Fragmento del Libro de Poemas: Los Superhéroes también suelen tener cáncer.)


Un minuto de silencio, anoche, tipo tres de la mañana, hora de las lauchas, caminando por una cornisa de tanto no poder dormir, tratando de imitarte, lleno de miedo, tan cerca el cielo y tan lejano, entre gente que sobrevivirá otra vez a la noche y no merece.

Y vos que no querés hablar conmigo ni con nadie, y tu esposa que dice en un mensaje: está muy dolorido, el flaco, el último análisis salió una mierda.

Y mi hija, también, lejos también, enojada conmigo, también, por cosas que algún día podremos sentarnos a arreglarlas…y lo que me pasa también es…nada; nada es demasiado importante ahora, en este minuto.

Y Batman que no saluda a nadie, y Superman que se toma una birra con el Joven Maravilla, haciéndose los distraídos, oyendo a la Bersuit.

…y tu cabeza está llena de ratas…te compraste las acciones de esta farsa…y el tiempo no para…no para…

Y nadie habla, nadie dice nada. Miramos los cuatro para adentro, todos, hacia ningún lado, y pasa el 22 que pasa por Bernal, y no me animo.

Y alguien murmura algo, y nadie dice nada, y pienso en cosas estúpidas, como que daría cualquier cosa para volver a pescar con vos; o en los bolsillos de tu ambo azul, llenos de caramelos.

¿O los traías en tu corazón?

Fácil era ser amado por tu amor, fácil. Uno, solamente tenía que tener déficits, si algo te faltaba, un ojo, una pierna, un abrazo, una palabra, un padre, una madre, un hijo sin espíritu santo incorporado, ahí aparecías, con ese afecto tan material que daba miedo, con tu sonrisa que aflojaba la herrumbre de cualquier tornillo.

Vos, con las manos llenas o vacías, peleado a muerte con la indiferencia, cortando en dos el sandwichito, repartiendo, tocando sobre todo; un hombro, una mano, el pelo, cualquier cosa medio sucia, cualquiera de las cosas que uno suele arrastrar por el barro.

Nadie dice nada, y esta ciudad enorme que no es nuestra, porque es de todos, ciudad violenta, llena de odios, hace silencio abajo, silencio arriba, detrás de los balcones franceses de los copetudos.

Silencio tremendo, detrás de los malvones colorados.

Los únicos que aguantan el invierno y el verano por igual, me dijiste un día…más silencio detrás de toda esa masa impensable de silencios, y nosotros cuatro, desconcertados a más no poder.

Y pateo una maceta y nadie habrá que la alcance antes de que mate a alguno distraído, y chirrían las gomas de un auto lleno de infames que están de parabienes, y todo se está yendo al carajo, y Dios, que justo dejó apagado el celular y se mandó a mudar un par de días.

La pucha, justo ahora.


Leva Cosanovich
17 de mayo de 2011
Bar del Lector.