sábado, 6 de abril de 2013

Me gusta más esta tapa, no?

jueves, 31 de enero de 2013

SEIS DE ENERO


Cuando cayó definitivamente la tarde, el hombre se levantó como un muerto resucitado se levanta en una de esas películas de bajo presupuesto. Había estado esperando esa hora desde hacía un buen rato.

Uno podría decir que lo vio mirar en la tele una vieja película de Cow Boys que tanto le gustan, que en algún momento preparó mate o que jugó con el gato haciéndole cosquillas en la panza, podría decir incluso que al levantarse de la siesta se había puesto el pantalón de los mandados en lugar del pantaloncito de Atlanta o que lo vio llevando la pequeña radio a pilas hacia el baño, sintonizar un tango para entonces sí, iniciar el rito dominguero de afeitarse a pesar de ser apenas martes.

Caminó hasta la cocina y tomó una bolsita plástica de atrás de la puerta. En el exterior se cruzó con el del último piso que subía con sus dos hijos bulliciosos. Luego del beso de rigor, ambos se guiñaron un ojo en señal de complicidad.

Se notaba la excitación de los pequeños. No eran los únicos, los de enfrente también se hacían ver a los gritos, una mamá zamarreaba a uno que parecía no entrar en razones.

Recién a mitad de la cuadra, la rodilla mala que tenía pareció acomodársele. Ese dolor también es consecuencia del accidente, recordó. Se acordó de la sonrisa de su hijo y sonrió con esa mezcla de ternura y lástima con que lo recordaba.

No le hacía bien recordarlo, pero en estas fechas especiales no tenía remedio. Después del accidente y la tragedia, de la reubicación mental y emocional, después incluso de la confirmación dolorosísima de lo irreversible; a él, aunque trató e hizo todo lo que estuvo a su alcance, nunca le llegó la aceptación, al menos mínima o parcial de lo ocurrido.

Con el tiempo aprendió a convivir con esa molestia en todos y en ningún lado, esa expectativa de desastre validada por la realidad, un rumor en las coyunturas de sus huesos que nunca más se le fue.

Caminó despacio hasta la esquina de la Calesita, un baldío donde alguna vez estuvo el carrusel de su infancia. Se metió con cierta agilidad por entre los alambres.  

No estaba apurado, desde la oscuridad podía ver una porción distinta del cielo que miraba a diario desde su balcón. Hipnotizado, se quedó buscando una cara entre estrellas que se le antojaron más hospitalarias que de costumbre.

Hubiera quedado mucho tiempo en ese lugar, a su espalda pasaba uno que otro auto tras la cortina de eucaliptos de la vereda. El silencio era casi respirable, y la oscuridad. Solo el sigiloso rumor de los gatos haciendo de las suyas en el predio.

Sacó la bolsita del bolsillo, cortó una mata de pasto y la metió adentro. La volvió a guardar. Dio la vuelta a la manzana para volver por otra calle. Ya casi era la hora de la cena.

Al otro día se levantó más temprano que de costumbre. Había pasado casi toda a noche en blanco, de nada sirvió la radio ni la lectura a la que solía acudir en casos semejantes.

Uno nunca se acostumbra a este dolor, solía decir a quien le preguntara cómo hacía.

La vida ya no es vida cuando uno pierde un hijo. Uno sobrevive nomás, solía repetir.

A las cinco abrió los postigos del balcón. Tomó con sus dos manos el tapercito con agua que había dejado la noche anterior y la volcó lentamente en el cantero de al lado. Luego, la mata de hierbas que había puesto en el otro recipiente.

Después de pasársela lentamente por la cara, aspirándola durante unos segundos interminables, la echó por el balcón.

Simplemente abrió la mano y la dejó caer. Las briznas se deprendieron despacito, una tras otra, como pequeños helicópteros verdes que se desbarrancaban. Junto a unos zapatitos gastados, puso el regalo que había comprado hacía más de una semana. Caminó hacia atrás con sigilo, como si estuviera frente a un emperador o una deidad y volvió a cerrar la cortina tras de sí.

La repentina penumbra del departamento no lo inmutó, llegó hasta el borde de su cama esquivando al gato que se empecinaba en cruzarse entre sus pantuflas y se metió en la cama.

Le pareció que al lado, su mujer también lloraba.


Leva Cosanovich.

miércoles, 12 de diciembre de 2012

JUAN GELMAN- Poemas Antológicos.

Al que extraño es al viejo león del zoo,
siempre tomábamos café en el Bois de Boulogne,
me contaba sus aventuras en Rhodesía del Sur
pero mentía, era evidente que nunca se había movido del
Sahara. De todos modos me encantaba su elegancia,
su manera de encogerse de hombros ante las pequeñeces
de la vida,
miraba a los franceses por la ventana del café
y decía "los idiotas hacen hijos". Los dos o tres cazadores ingleses que se había comido
le provocaban malos recuerdos y aun melancolía,
“las cosas que hace uno para vivir" reflexionaba
mirándose la melena en el espejo del café. Sí, lo extraño mucho,
nunca pagaba la consumición,
pero indicaba la propina a dejar
y los mozos lo saludaban con especial deferencia. Nos despedíamos a la orilla del crepúsculo,
él regresaba a son bureau, como decía,
no sin antes advertirme con una pata en mi hombro
"ten cuidado, hijo mío, con el París nocturno". Lo extraño mucho verdaderamente,
sus ojos se llenaban a veces de desierto
pero sabía callar como un hermano
cuando emocionado, emocionado,
yo le hablaba de Carlitos Gardel.



GOTÁN

Esa mujer se parecía a la palabra nunca,
desde la nuca le subía un encanto particular
una especie de olvido donde guardar los ojos,
esa mujer se me instalaba en el costado izquierdo. Atención atención yo gritaba atención
pero ella invadía como el amor, como la noche,
las últimas señales que hice para el otoño
se acostaron tranquilas bajo el oleaje de sus manos. Dentro de mí estallaron ruidos secos,
caían a pedazos la furia, la tristeza,
la señora llovía dulcemente
sobre mis huesos parados en la soledad. Cuando se fue yo tiritaba como un condenado,
con un cuchillo brusco me maté,
voy a pasar toda la muerte tendido con su nombre,
él moverá mi boca por la última vez.

jueves, 6 de diciembre de 2012

domingo, 11 de noviembre de 2012

2° Premio Barracas al Sud. Año 2012


                                              VÓMITO BENDITO                                               

Ella, que abusa de mí desde que era un niño, puta solapada, porque nadie la ve, que se mueve por las noches, más de una vez, entre las peripecias del alcohol.

Consciente de mi soledad de buenas compañías.  

No hay otro nombre que le cuadre mejor, mejor que su arquetipo, lo que debería haber sido, el soñado por sus padres.

Peor aún, O mejor, quién sabe, el que los desperdicios le otorgaron. El más antiguo, a juicio de los eruditos, el necesario, según mi pobre juicio. 

No creo que hubiera sobrevivido sin sus caricias, sin visitarla a hurtadillas. A escondidas de mi madre, primero, y de mi esposa luego. En mi adolescencia, alardeando ante mis amigos.

Yo he quitado de la boca el pan a mis hijos para estar con ella.

Pero como defensa, debo alegar, si se me permite, que he sido mejor hombre, un poco mejor padre, sin duda alguna, mejor hijo, gracias a ella. 

A menudo la vida me era demasiado dura, pero siempre podía acudir a sus brazos. Y abriría el corazón para vomitar.

Porque solo el corazón vomita, aparte del estómago.

Tragedias que a esa edad creía personales y eternas, escaramuzas apenas, para futuras batallas.

Leones y osos en la vida de David en su guerra a muerte con Goliat. Filisteo que a todos nos espera, en algún lugar del futuro, a la vuelta de cualquier esquina.

Circunstancias apenas, que cumplirían el propósito de tornarme más fuerte.                                                                           

Claro, yo entonces no podía entenderlo y solo me quedaba el recurso de asistir escrupulosamente a su presencia, para que ella, como muchísimo antes lo hiciera mi madre, me cobijara en un abrazo interminable.

Y yo sentía, por fin, que era ese y ningún otro el sitio más seguro de la vida. 

Recién allí podía ser yo mismo, a borbotones, sangre de una arteria cercenada.

Y llenaba su falda, tímidamente, luego la sábana, bajaba por las patas de la cama, inundaba la tierra de los alrededores,     los arbustos, la sombra de todos los arbustos que a través de la ventana movía el viento fresco de mis noches. 

Sangre de brillante rojo, luego un poco más oscura.

Por último, cerca de la madrugada, tan líquida y cristalina como el agua. Y así de benigna. 

Puta y abyecta ella, que nunca preguntaba, veneno entre todas las ponzoñas aún por descubrir, puñal entre mis vísceras.

Paradoja de metal forjado para la vida, brasero encendido al que volvería, una y otra vez en mis deshoras de tristeza.

Pero también en mis horas de alegría, cuando el canto de los marineros que se preparan para partir, o el abrazo del amigo que regresó de la guerra, lo ameritara.  

Sí, ella, la magnífica puta, la necesaria, la de las puertas entornadas y los postigos al equilibrio del sol de las mañanas.

La de las lloviznas. La del pájaro que año tras año hizo nido en el balcón entre mis flores amarillas y blancas.

La de los puentes levadizos, figura de tules transparentes en la torre del castillo.

La honrada puta, pozo de agua bendita y barro, ladrillo destinado para columna o templo, en otra circunstancia.

Monumento funerario de otros adictos como yo.

Rito del que nunca he sabido desprenderme, ardor en la boca antes de verla.

Ardor en la boca precisamente por haber estado en ella. 

Puta, que sigue conmigo en el regreso, en mi sonrisa satisfecha cuando pateo latas y asusto gatos por las madrugadas.

Amada mía, querida ramera de mi alma, que no he sabido explicar a los que amo, cuando no he logrado defender mi proceder demiurgo ante los que me aman.  

Despídeme, cuando me muera, que sigan sonriendo los que un día me vieron y tuve el honor de frecuentar; que solo ella quede cuando me haya ido.

Hueco exacto en mi colchón, sombra de alguien que alguna vez estuvo, rumor que no pudimos explicar, sensación en la piel a filo de cuchillo de quien alguna vez fue casi cierto.  

Despídeme, bendita puta, de otros que también te amaron

tanto o más que yo. Recíbeme entre tus brazos que acunaron a tantos felices y a tantos desdichados...

Amada Poesía. 
 
Leva Cosanovich.

viernes, 28 de septiembre de 2012

SEMILLAS


Mi abuelo siempre creyó que volvería a Yugoeslavia. Cuando hablaba de su tierra solía llover. Mi abuela me lo solía contar cuando yo era niño. A mí siempre se me hizo que eran lágrimas que él mismo no se atrevía a llorar. Allá habían quedado sus dos hermanas. Decía que aquélla era su tierra porque allí estaban sus antepasados.

Acá tuvo diez hijos, la mayor se llamaba Ana. Mi tía murió al poco de casarse, tenía veintiún años, dicen que era hermosa. Cuando murió tía Ana, (mi abuela me lo contó tiempo después) mi abuelo repetía que ya no volvería a Yugoeslavia porque ahora era argentino; decía que había comprado esta tierra, no con plata como los demás, sino con la vida de un hijo, el mismo día que tuvo que enterrarlo en esta tierra áspera donde a diario solía enterrar semillas.

Aparentemente solo somos semillas, reflexioné ese día.

Yo no conocí a mi abuelo. Bueno, lo conocí solo a través de los relatos de mi abuela y de mi madre. Ellas están seguras de que aquél viejo solo lloró dos veces; la primera cuando se separó a los dieciséis años de sus hermanas, y la última, cuando murió mi tía.

Cuando llueve pienso que hubiera sido mejor para él  haber llorado más, tal vez esta tierra hubiera sido menos áspera. Aunque después pienso qué tiene que ver una cosa con la otra. Igual, nunca he podido olvidar a todos mis familiares metidos en la tierra como si fueran una semilla que nació y luego dio frutos.

No es mala idea salir a caminar bajo la lluvia, uno piensa en todos los que ya no están, y que también fueron mojados por las mismas gotas, bajo un chaparrón nadie puede ver si uno llora o no, la gente corre hacia todos lados y sin embargo llueve adelante y atrás, nadie puede escaparse. Yo me acuerdo de mi tía Ana y repito: semilla.

Semilla. Semilla somos, que deberemos dar fruto a diez por uno; a ciento por uno. Y no estoy hablando de hijos. No es poca cosa. 

Leva Cosanovich.

20 de septiembre de 2012.

lunes, 23 de julio de 2012

"Usted, al despertarse esta mañana,
vio cosas, aquí y allá, objetos, por ejemplo. 
Sobre su mesa de luz
digamos que vio una lámpara, 
una radio portátil, una taza azul. 
Vio cada cosa solitaria
y vio su conjunto.
Todo eso ya tenía nombre.
Lo hubiera escrito así.
¿Necesitaba otro lenguaje,
otra mano, otro par de ojos, otra flauta? 
No agregue. No distorsione. 
No cambie
la música de lugar.
Poesía 
es lo que se está viendo."

Muy conocido poema de Joaquín Giannuzzi
(Buenos Aires, 1924; Premio Nacional de Poesía
y una de las voces poéticas más jerarquizadas e inquietantes de la Argentina)