domingo, 11 de noviembre de 2012

2° Premio Barracas al Sud. Año 2012


                                              VÓMITO BENDITO                                               

Ella, que abusa de mí desde que era un niño, puta solapada, porque nadie la ve, que se mueve por las noches, más de una vez, entre las peripecias del alcohol.

Consciente de mi soledad de buenas compañías.  

No hay otro nombre que le cuadre mejor, mejor que su arquetipo, lo que debería haber sido, el soñado por sus padres.

Peor aún, O mejor, quién sabe, el que los desperdicios le otorgaron. El más antiguo, a juicio de los eruditos, el necesario, según mi pobre juicio. 

No creo que hubiera sobrevivido sin sus caricias, sin visitarla a hurtadillas. A escondidas de mi madre, primero, y de mi esposa luego. En mi adolescencia, alardeando ante mis amigos.

Yo he quitado de la boca el pan a mis hijos para estar con ella.

Pero como defensa, debo alegar, si se me permite, que he sido mejor hombre, un poco mejor padre, sin duda alguna, mejor hijo, gracias a ella. 

A menudo la vida me era demasiado dura, pero siempre podía acudir a sus brazos. Y abriría el corazón para vomitar.

Porque solo el corazón vomita, aparte del estómago.

Tragedias que a esa edad creía personales y eternas, escaramuzas apenas, para futuras batallas.

Leones y osos en la vida de David en su guerra a muerte con Goliat. Filisteo que a todos nos espera, en algún lugar del futuro, a la vuelta de cualquier esquina.

Circunstancias apenas, que cumplirían el propósito de tornarme más fuerte.                                                                           

Claro, yo entonces no podía entenderlo y solo me quedaba el recurso de asistir escrupulosamente a su presencia, para que ella, como muchísimo antes lo hiciera mi madre, me cobijara en un abrazo interminable.

Y yo sentía, por fin, que era ese y ningún otro el sitio más seguro de la vida. 

Recién allí podía ser yo mismo, a borbotones, sangre de una arteria cercenada.

Y llenaba su falda, tímidamente, luego la sábana, bajaba por las patas de la cama, inundaba la tierra de los alrededores,     los arbustos, la sombra de todos los arbustos que a través de la ventana movía el viento fresco de mis noches. 

Sangre de brillante rojo, luego un poco más oscura.

Por último, cerca de la madrugada, tan líquida y cristalina como el agua. Y así de benigna. 

Puta y abyecta ella, que nunca preguntaba, veneno entre todas las ponzoñas aún por descubrir, puñal entre mis vísceras.

Paradoja de metal forjado para la vida, brasero encendido al que volvería, una y otra vez en mis deshoras de tristeza.

Pero también en mis horas de alegría, cuando el canto de los marineros que se preparan para partir, o el abrazo del amigo que regresó de la guerra, lo ameritara.  

Sí, ella, la magnífica puta, la necesaria, la de las puertas entornadas y los postigos al equilibrio del sol de las mañanas.

La de las lloviznas. La del pájaro que año tras año hizo nido en el balcón entre mis flores amarillas y blancas.

La de los puentes levadizos, figura de tules transparentes en la torre del castillo.

La honrada puta, pozo de agua bendita y barro, ladrillo destinado para columna o templo, en otra circunstancia.

Monumento funerario de otros adictos como yo.

Rito del que nunca he sabido desprenderme, ardor en la boca antes de verla.

Ardor en la boca precisamente por haber estado en ella. 

Puta, que sigue conmigo en el regreso, en mi sonrisa satisfecha cuando pateo latas y asusto gatos por las madrugadas.

Amada mía, querida ramera de mi alma, que no he sabido explicar a los que amo, cuando no he logrado defender mi proceder demiurgo ante los que me aman.  

Despídeme, cuando me muera, que sigan sonriendo los que un día me vieron y tuve el honor de frecuentar; que solo ella quede cuando me haya ido.

Hueco exacto en mi colchón, sombra de alguien que alguna vez estuvo, rumor que no pudimos explicar, sensación en la piel a filo de cuchillo de quien alguna vez fue casi cierto.  

Despídeme, bendita puta, de otros que también te amaron

tanto o más que yo. Recíbeme entre tus brazos que acunaron a tantos felices y a tantos desdichados...

Amada Poesía. 
 
Leva Cosanovich.

viernes, 28 de septiembre de 2012

SEMILLAS


Mi abuelo siempre creyó que volvería a Yugoeslavia. Cuando hablaba de su tierra solía llover. Mi abuela me lo solía contar cuando yo era niño. A mí siempre se me hizo que eran lágrimas que él mismo no se atrevía a llorar. Allá habían quedado sus dos hermanas. Decía que aquélla era su tierra porque allí estaban sus antepasados.

Acá tuvo diez hijos, la mayor se llamaba Ana. Mi tía murió al poco de casarse, tenía veintiún años, dicen que era hermosa. Cuando murió tía Ana, (mi abuela me lo contó tiempo después) mi abuelo repetía que ya no volvería a Yugoeslavia porque ahora era argentino; decía que había comprado esta tierra, no con plata como los demás, sino con la vida de un hijo, el mismo día que tuvo que enterrarlo en esta tierra áspera donde a diario solía enterrar semillas.

Aparentemente solo somos semillas, reflexioné ese día.

Yo no conocí a mi abuelo. Bueno, lo conocí solo a través de los relatos de mi abuela y de mi madre. Ellas están seguras de que aquél viejo solo lloró dos veces; la primera cuando se separó a los dieciséis años de sus hermanas, y la última, cuando murió mi tía.

Cuando llueve pienso que hubiera sido mejor para él  haber llorado más, tal vez esta tierra hubiera sido menos áspera. Aunque después pienso qué tiene que ver una cosa con la otra. Igual, nunca he podido olvidar a todos mis familiares metidos en la tierra como si fueran una semilla que nació y luego dio frutos.

No es mala idea salir a caminar bajo la lluvia, uno piensa en todos los que ya no están, y que también fueron mojados por las mismas gotas, bajo un chaparrón nadie puede ver si uno llora o no, la gente corre hacia todos lados y sin embargo llueve adelante y atrás, nadie puede escaparse. Yo me acuerdo de mi tía Ana y repito: semilla.

Semilla. Semilla somos, que deberemos dar fruto a diez por uno; a ciento por uno. Y no estoy hablando de hijos. No es poca cosa. 

Leva Cosanovich.

20 de septiembre de 2012.

lunes, 23 de julio de 2012

"Usted, al despertarse esta mañana,
vio cosas, aquí y allá, objetos, por ejemplo. 
Sobre su mesa de luz
digamos que vio una lámpara, 
una radio portátil, una taza azul. 
Vio cada cosa solitaria
y vio su conjunto.
Todo eso ya tenía nombre.
Lo hubiera escrito así.
¿Necesitaba otro lenguaje,
otra mano, otro par de ojos, otra flauta? 
No agregue. No distorsione. 
No cambie
la música de lugar.
Poesía 
es lo que se está viendo."

Muy conocido poema de Joaquín Giannuzzi
(Buenos Aires, 1924; Premio Nacional de Poesía
y una de las voces poéticas más jerarquizadas e inquietantes de la Argentina)
Joseph Conrad sobre la misión de la poesía, o del arte en general: "Rendir justicia al mundo visible".
Una frase que autoriza lecturas profundas. Una de ellas, sería que este mundo visible reclama un significado, una representación estética, una sublimación.

sábado, 26 de mayo de 2012

HIJO DE HOMBRE














Correlo al Jesucristo,
para poder andar,
para moverte
y bailar cantando con la boca llena
con los bolsillos repletos.

Correlo a ese perdedor,
vago importante que fabrica vino del mejor
y el mejor siempre es el postrero.
Correlo de la puerta de tu templo,
doblale las muñecas,
que gima,
quitale el látigo de cuero,
volvé a armar las mesas de los cambistas,
la jaula de las palominas,
inclináte con nosotros a juntar
las monedas que se desparramaron,
y dejá nomás que Jairo siga muerto
no mires a su madre
ni escuches a su madre
sobre todo el llanto de su madre
ni a la mujer del flujo de ocho años
ni a Nicodemo sobre ese sicómoro
nada de nada de arrepentimiento.
Qué es eso de devolver lo que se ha robado
dejalo al Jesucristo al pie de la barca
mientras dormís sobre un cabezal
tampoco eches tu red a la derecha,
ni vayas sobre el agua
ni te enojes con el mal tiempo.

Que no hay nada que puedas hacer por vos mismo
Ni por mi,
ni por quien te quita el sueño
Ni por tu enemigo.

Que ya fuiste el que jamás quisiste ser
el que odiás
y saludás cada mañana
cuando te ves en el espejo.

Mírate,
hijo de mil hombres
pobre,
con la cabeza a cuestas
y el corazón en el regazo,
hijo de mil hombres,
atormentado
en pos de los recordatorios
uno, el que te dio la vida
dos, el que te dio la muerte.

Correlos a todos esos Jesucristos
que solo quieren que sonrías cuando abrís la mano
que llores solamente en compañía de otro desdichado.

Leva Cosanovich
Buenos Aires.

miércoles, 25 de abril de 2012

DÉJÀ VU

Desde que estoy acá, siempre sueño que hago mis necesidades en una plaza. En el sueño siento pánico: cómo puedo hacer algo tan privado a la vista de todo el mundo. Sin embargo, mientras estoy acuclillada como una perra evacuando los deshechos de la angustia que me nace en el vientre, conociendo la vergüenza de mi desnudez, de mi desprotección, de mi impotencia ante la tiranía de las tripas, observo con asombro que nadie me mira, algunos chicos juegan trepados a los árboles o a las estatuas, hay otros, a lo lejos, hamacándose; se oye la música de una calesita que no veo y de los chorros cristalinos de una fuente, varias parejas pasan a mi lado mirándose a los ojos y susurrando, mi papá vive y es un viejo leyendo al sol, aletargado, indiferente, como de costumbre, a lo que yo haga. Siempre es igual, nada es nuevo, nada deja de repetirse. En la celda cuatro, del pabellón seis, del Penal II de Devoto en la que estoy presa de los milicos, no hay puertas entre el baño y la sala común donde veinte minas, de distintas edades y lugares de procedencia, no vemos la hora de volver a ser libres. Sospechamos que la cana le pone un purgante, bastante seguido, a la comida. Hay compañeras que resisten casi hasta reventar esta forma de tormento. Las que más aguantan son, paradójicamente, las que enseguida se quiebran en la tortura y, vaya una a saber por qué mecanismo defensivo, se niegan a entregar esa poca privacidad, ese resto de autoestima que aún les quedan. Desde mi cama, fumando un pucho que intento compartir para ayudarla a relajarse, a la “aguantadora de turno”, pienso con pena que se añade por su cuenta un sufrimiento y que, al fin de cuentas, es otra victoria para el enemigo. Yo no sufro. En realidad se trata simplemente de un déjá vû y es bella la plaza donde todo es igual, nada es nuevo, nada deja de repetirse. ANA FOUTEL

jueves, 8 de marzo de 2012

YA QUISIERA

Forzar la entrada
de esta jaula de pájaros
para que no vuelvan.
Poner en claro al sol entre las sombras,
humedad de hongos en nuestra ajada respiración,
asma a ras de las baldosas.

Murmullo último que dejaremos en esta Babilonia
y sea la nostalgia, como volviendo del mar.

Esquilmar el devenir, recinto prohibido
desde tiempo inmemorial a los felices
tomarse las tripas con las manos fuertes
en una carcajada
remojados en lágrimas.
Y que salgan las viudas a la calle,
y aflojen sus botones, a esa hora
en que duerme la desilusión.

Y haya música de júbilo en las plazas.

Doblar las rodillas frente a todo anochecer
abandonando enigmas que no descifraremos:
la vida, algo más que un escupitajo,
más incluso que el estorbo de unos huesos,
un catecismo que no repetiremos.

Rendija de una persiana donde solíamos ver a otros.

Empujar la puerta alta del salón,
la de los goznes aceitados
y descubrir que no era tan pesada.
Saquear con una sonrisa permanente
el pánico
el cilicio del miedo.

Besar la mano que mordimos
besar las manos que nos dieron de comer,
mirarnos fijo en una calavera
que seria nos repita que un día moriremos
que incluso moriremos antes
que nuestra poesía.