Rainer Maria Rilke - Cartas a un joven poeta "Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Anteriormente les preguntó a otros. Los lleva a las revistas. Los coteja con otros, y se preocupa porque algunas redacciones los rechazan. Entonces (como usted me ha permitido aconsejarlo), le suplico que abandone eso. Usted mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie".
martes, 26 de abril de 2011
CITA
El veinticinco de noviembre, a la hora en que la tierra choca con la luna, te veré.
Y todo aquello que pensamos quedará para otro día.
Caminaremos juntos sin atrevernos a darnos la mano por pantanos nauseabundos, tocaremos una que otra piedra chamuscada y otros temas.
Y tal vez nos preguntemos qué fue de esos dinteles antiguos, qué de los muros con rejas, del sino lamentable de ciertos edificios que serían para siempre.
Toda la tarde pisaremos las cenizas, entre muertos, bien muertos que mirarán de pena y de reojo, nuestra tibia alegría.
Iremos vos y yo, como antes. Bueno, no como antes, yo hablaré a mi turno y vos también, y evitaremos hablar del estropicio.
En el campo del honor recuperado, desnudaremos las heridas que nos dolieron más, y cuando nadie nos vea, nos besaremos las manos callosas de artesanos. Yo lavaré tus pies, y lavarás los míos.
El veinticinco de noviembre, al momento justo en que las aves, todas al unísono, salten de los árboles y empiecen a volar en círculos.
martes, 29 de marzo de 2011
MI VALLE DE LOS HUESOS SECOS.
Andamos, simplemente caminamos, hijos de hombres, hijos e hijas de víctimas pretéritas.
Bendecidos con la muerte desde el útero, bautizados en un llanto primigenio.
Vamos, por un valle lleno de huesos, muchísimos, sobre la faz del campo, todos, secos en gran manera, haciéndonos los distraídos.
Allí están, desparramados, los que nos precedieron, omóplatos huecos, tibias rotas, íleos y caderas descoyuntadas.
¿Vivirán estos huesos?
Es la pregunta que nos seguimos haciendo. Esperamos que crezcan tendones, que suba carne hasta ellos, que se cubran de piel los agujeros y los huesos se junten, y oigamos el temblor que certifica el milagro.
Y rezamos, rezamos, rezamos.
Pero con miedo, es lo que nos fue enseñado, para tener paz ese día… y no tenemos.
Pasan las horas, como carros de una procesión inaudita, y olvidamos a quién hemos besado el jueves o en qué momento reventó la flor que ha de secarse; el perro echado sobre la hierba no nos mira, y otra vez amamos con los ojos y la luz apagados.
Lapidamos nuestros hijos desde el vientre, por amor, nos repetimos, para no condenarlos.
…última vez que hundimos el azado en la tierra…quizá no estemos, para la cosecha…
Una cornisa separa a unos vivos de otros vivos. Los que creen que nunca han de morir, y viven, viven, viven.
…y nosotros, ¡pobres! los que ya hemos muerto…pero nadie se atreve a decírnoslo.
levacosanovich@hotmail.com
Bendecidos con la muerte desde el útero, bautizados en un llanto primigenio.
Vamos, por un valle lleno de huesos, muchísimos, sobre la faz del campo, todos, secos en gran manera, haciéndonos los distraídos.
Allí están, desparramados, los que nos precedieron, omóplatos huecos, tibias rotas, íleos y caderas descoyuntadas.
¿Vivirán estos huesos?
Es la pregunta que nos seguimos haciendo. Esperamos que crezcan tendones, que suba carne hasta ellos, que se cubran de piel los agujeros y los huesos se junten, y oigamos el temblor que certifica el milagro.
Y rezamos, rezamos, rezamos.
Pero con miedo, es lo que nos fue enseñado, para tener paz ese día… y no tenemos.
Pasan las horas, como carros de una procesión inaudita, y olvidamos a quién hemos besado el jueves o en qué momento reventó la flor que ha de secarse; el perro echado sobre la hierba no nos mira, y otra vez amamos con los ojos y la luz apagados.
Lapidamos nuestros hijos desde el vientre, por amor, nos repetimos, para no condenarlos.
…última vez que hundimos el azado en la tierra…quizá no estemos, para la cosecha…
Una cornisa separa a unos vivos de otros vivos. Los que creen que nunca han de morir, y viven, viven, viven.
…y nosotros, ¡pobres! los que ya hemos muerto…pero nadie se atreve a decírnoslo.
levacosanovich@hotmail.com
viernes, 18 de febrero de 2011
PLATONICOS
Apenas caía el sol llegaba arrastrando los zapatos y se paraba debajo de la ventana, a veces había un gato esperándolo, otras veces, solamente la lluvia o la soledad.
Entonces prendía un cigarrillo; ella, que esperaba detrás del cortinado musgo, veía el chispazo del fósforo alumbrando una cara aparentemente con bigotes, bajo un sombrero de otro tiempo.
Sin que lo notara su marido, que a esa hora miraba la televisión; a manera de clave contestada hacía como que acomodaba los postigos y los dejaba siempre algo entornados para que algo de su sombra escapase a la vereda.
Afuera el hombre fumaba lentamente, luego pisaba la colilla y tocaba el ala del sombrero con dos dedos, a la vieja usanza con ademanes estudiados, como si alguien pudiera distinguirlo.
Luego miraba la figura recortada por el velador, la que seguiría brotando en su memoria hasta el próximo día.
Recién entonces se marchaba a su casa, ahora sí con los pasos largos y seguros. A esa hora, ya estarían esperándolo también a él, para la cena.
Entonces prendía un cigarrillo; ella, que esperaba detrás del cortinado musgo, veía el chispazo del fósforo alumbrando una cara aparentemente con bigotes, bajo un sombrero de otro tiempo.
Sin que lo notara su marido, que a esa hora miraba la televisión; a manera de clave contestada hacía como que acomodaba los postigos y los dejaba siempre algo entornados para que algo de su sombra escapase a la vereda.
Afuera el hombre fumaba lentamente, luego pisaba la colilla y tocaba el ala del sombrero con dos dedos, a la vieja usanza con ademanes estudiados, como si alguien pudiera distinguirlo.
Luego miraba la figura recortada por el velador, la que seguiría brotando en su memoria hasta el próximo día.
Recién entonces se marchaba a su casa, ahora sí con los pasos largos y seguros. A esa hora, ya estarían esperándolo también a él, para la cena.
domingo, 9 de enero de 2011
FACILÍSIMO, OLVIDARTE.
Ya he bebido a tu salud, y vos, nunca apareciste.
Debajo de este árbol, protegiéndome de este enero bueno para garzas, en medio del tembladeral que suele dibujar una ausencia.
Desechada la idea de mi muerte…me dispongo a olvidarte.
Aprovecho para echar una mirada última a tu retrato.
Por todos lados cuelga, de aquél edificio, en la publicidad del tren que va pasando, en la tapa del diario doblado arriba de la mesa. De mis pobres retinas.
Me persigue, es una mosca que no se amedrenta.
Cierro los ojos y tapo mis oídos, pruebo a no respirar, me quedo quieto…y sin embargo…el olor de tu piel.
Voy a olvidarte, hoy es el día, borraré toda palabra de mi memoria, tus exageraciones, tus puntos de vista que me provocaban risa.
Pienso arrumbar en un rincón tu ropa de quiromante falsa, el sombrero con el que posaste para mí una noche, tus vestidos raros, multicolores.
Ya lo dije, será este mismo instante, ya mismo, ahora mismo…te olvido…te olvido…una vez más me esfuerzo…te sigo olvidando.
levacosanovich@hotmail.com
Debajo de este árbol, protegiéndome de este enero bueno para garzas, en medio del tembladeral que suele dibujar una ausencia.
Desechada la idea de mi muerte…me dispongo a olvidarte.
Aprovecho para echar una mirada última a tu retrato.
Por todos lados cuelga, de aquél edificio, en la publicidad del tren que va pasando, en la tapa del diario doblado arriba de la mesa. De mis pobres retinas.
Me persigue, es una mosca que no se amedrenta.
Cierro los ojos y tapo mis oídos, pruebo a no respirar, me quedo quieto…y sin embargo…el olor de tu piel.
Voy a olvidarte, hoy es el día, borraré toda palabra de mi memoria, tus exageraciones, tus puntos de vista que me provocaban risa.
Pienso arrumbar en un rincón tu ropa de quiromante falsa, el sombrero con el que posaste para mí una noche, tus vestidos raros, multicolores.
Ya lo dije, será este mismo instante, ya mismo, ahora mismo…te olvido…te olvido…una vez más me esfuerzo…te sigo olvidando.
levacosanovich@hotmail.com
sábado, 11 de diciembre de 2010
ELLA
Sin duda alguna que no ha vuelto. O tal vez no la he visto, o anduvo y estuve distraído.
Estaban sí, la vieja a la que solo le queda el quitapesares de la lectura, los adolescentes que se besaban arrinconados y el tonto de la plaza, riendo a carcajadas con sus dientes torcidos y la gorra dada vuelta.
El mostrador lleno de moscas, y los gatos.
Pasan las horas y todavía no he podido abrir el puño, las uñas marcan la carne.
Laten mis heridas, pero no me duelen. No es la primera vez, me he acostumbrado, yo espero que algún día me duelan.
Roja es también mi decepción, el hielo no parece congelarse.
Cruzo sin miedos por debajo de una escalera, ¿Qué otra cosa podría sucederme? ¿Se apagarían acaso las estrellas?
En el regreso, las casas van cayendo tras de mí; los gatos murieron sospechosamente con el atardecer, muertos también los canarios en mitad del vuelo, las moscas como desaparecidas con el aire.
Cada paso que doy, como un temblor de tierra persiguiéndome, acosándome, asolando la tierra ya desmantelada.
Mi labio, duro labio cuarteado de afonía, insiste en emitir un ruido idéntico al nombre que no quiero nombrar.
Leva Cosanovich
levacosanovich@hotmail.com
Estaban sí, la vieja a la que solo le queda el quitapesares de la lectura, los adolescentes que se besaban arrinconados y el tonto de la plaza, riendo a carcajadas con sus dientes torcidos y la gorra dada vuelta.
El mostrador lleno de moscas, y los gatos.
Pasan las horas y todavía no he podido abrir el puño, las uñas marcan la carne.
Laten mis heridas, pero no me duelen. No es la primera vez, me he acostumbrado, yo espero que algún día me duelan.
Roja es también mi decepción, el hielo no parece congelarse.
Cruzo sin miedos por debajo de una escalera, ¿Qué otra cosa podría sucederme? ¿Se apagarían acaso las estrellas?
En el regreso, las casas van cayendo tras de mí; los gatos murieron sospechosamente con el atardecer, muertos también los canarios en mitad del vuelo, las moscas como desaparecidas con el aire.
Cada paso que doy, como un temblor de tierra persiguiéndome, acosándome, asolando la tierra ya desmantelada.
Mi labio, duro labio cuarteado de afonía, insiste en emitir un ruido idéntico al nombre que no quiero nombrar.
Leva Cosanovich
levacosanovich@hotmail.com
viernes, 12 de noviembre de 2010
LA NADA
¿Y si esto, nada más, fuera la nada presentida?
Mi propio alientaparaísos con forma de espejo, un repuje de bronces con un hombre de vidrio.
Yo mismo, examinando bordes; dándome cuenta, de que esto nomás, fue todo.
Y mi madre, que me sigue pasando el mate en sueños, y sonríe por cábala, como diciéndome: Hijo mío, bendito de mi vientre. Y ya haya sido ella… y yo que nunca lo supiera; eterno fingidor, hubiera preferido hacerme el tonto.
Creer que la nada fuera inasequible y sin embargo, vaciar mi propia imagen en esto que parece mi reflejo.
¡Conozco tanto las sombras de mi sombra! ¡veo mis propias cicatrices, mis arrugas!
Surcos, que me gané a fuerza de embestir paredes. Y mis ojos distingo, y mi sonrisa buena, esa costumbre de entrecasa no se me borra.
Esto, maldita sea, no puede ser la nada, un agujero que me traspasa libremente y me vuelve trashumante de interiores, separa mi piel, mis órganos inauditos, mis tejidos conectivos para que haya espacio; y yo me fuera acostumbrando a esta quietud.
Y uno al fin, termina amigándose con los gusanos.
Esta nada, devorándome los dedos y las piernas que se relame como felino satisfecho, mimetizada en su disfraz de cenicienta. Y cuando lloro, me acerca su pañuelo negro, y cuando suspiro, me arranca los ojos, y la mirada.
No hay amor suficiente para que recuerdes, parece decirme, ni tanto dolor como crees merecerlo. Y esa vacuidad, el vértigo nauseabundo que corroe mi esqueleto aquietado, y la garra de los miedos que por fin me suelta.
En el suelo, piedritas que de niño fui escupiendo hasta el día en que los monstruos dejaron de acosarme para terminar comiendo de mi mano. Adoradores de reliquias falsas, clérigos infieles osaron despertarme en mitad del sueño con arietes.
Y sin embargo, sí, esta parece ser la nada presentida, el fin de los caminos que apenas hube sospechado, límites impuestos por alguien que me quiso, amarra cortada por una mano que era para siempre, aquéllos días que ya no viviré con alguien que cierta vez fue mío… pero nunca lo fue… y ya nunca podrá serlo.
Si, esto seguramente es la nada, el hombre tras el marco que me mira avejentado y que se ha puesto viejo; el mundo sucesivo sin infancia, el ruido de goznes que nadie ha aceitado en años. Un rumor en lo oscuro que nunca se hizo ruido.
Sí, la puerta entornada de madera que ya comienza a abrirse…y la sombra que avanza… de uno que pasaba.
Leva Cosanovich
levacosanovich@hotmail.com
Mi propio alientaparaísos con forma de espejo, un repuje de bronces con un hombre de vidrio.
Yo mismo, examinando bordes; dándome cuenta, de que esto nomás, fue todo.
Y mi madre, que me sigue pasando el mate en sueños, y sonríe por cábala, como diciéndome: Hijo mío, bendito de mi vientre. Y ya haya sido ella… y yo que nunca lo supiera; eterno fingidor, hubiera preferido hacerme el tonto.
Creer que la nada fuera inasequible y sin embargo, vaciar mi propia imagen en esto que parece mi reflejo.
¡Conozco tanto las sombras de mi sombra! ¡veo mis propias cicatrices, mis arrugas!
Surcos, que me gané a fuerza de embestir paredes. Y mis ojos distingo, y mi sonrisa buena, esa costumbre de entrecasa no se me borra.
Esto, maldita sea, no puede ser la nada, un agujero que me traspasa libremente y me vuelve trashumante de interiores, separa mi piel, mis órganos inauditos, mis tejidos conectivos para que haya espacio; y yo me fuera acostumbrando a esta quietud.
Y uno al fin, termina amigándose con los gusanos.
Esta nada, devorándome los dedos y las piernas que se relame como felino satisfecho, mimetizada en su disfraz de cenicienta. Y cuando lloro, me acerca su pañuelo negro, y cuando suspiro, me arranca los ojos, y la mirada.
No hay amor suficiente para que recuerdes, parece decirme, ni tanto dolor como crees merecerlo. Y esa vacuidad, el vértigo nauseabundo que corroe mi esqueleto aquietado, y la garra de los miedos que por fin me suelta.
En el suelo, piedritas que de niño fui escupiendo hasta el día en que los monstruos dejaron de acosarme para terminar comiendo de mi mano. Adoradores de reliquias falsas, clérigos infieles osaron despertarme en mitad del sueño con arietes.
Y sin embargo, sí, esta parece ser la nada presentida, el fin de los caminos que apenas hube sospechado, límites impuestos por alguien que me quiso, amarra cortada por una mano que era para siempre, aquéllos días que ya no viviré con alguien que cierta vez fue mío… pero nunca lo fue… y ya nunca podrá serlo.
Si, esto seguramente es la nada, el hombre tras el marco que me mira avejentado y que se ha puesto viejo; el mundo sucesivo sin infancia, el ruido de goznes que nadie ha aceitado en años. Un rumor en lo oscuro que nunca se hizo ruido.
Sí, la puerta entornada de madera que ya comienza a abrirse…y la sombra que avanza… de uno que pasaba.
Leva Cosanovich
levacosanovich@hotmail.com
lunes, 17 de mayo de 2010
ENUMA ELISH
En el Enuma Elish, Marduc se erigió él mismo como el dios más importante entre todos los de la Mesopotamia.
La tabla undécima de la épica de Gilgamesh, rey de Uruk, es muy similar en su bosquejo al relato del diluvio narrado en Bereshit (o en el principio) 6-9. En 1-8 se narran eventos similares a los relatados en la Épica de Atrahasis, en ese texto se destaca el mismo motivo básico del relato de la creación-rebelión-diluvio que el del relato bíblico.
Tablas de arcilla (aprox. 2500-2300 AC) halladas recientemente en el antiguo sitio de Ebla (la actual Tell Mardij) al norte de Siria, también contienen paralelos sorprendentes.
En ellas, si bien la secuencia de lo que llamamos La caída es prácticamente exacta, los hechos difieren de una manera tal que llama la atención.
Dios hace caer en un sueño profundo al hombre (´ Ish) para extraerle una costilla con la cual hizo a la mujer (´Ishah).
´Ish también exclama:
Esta sí es hueso de mis huesos
Y carne de mi carne,
Se llamará ´Ishah
Porque de ´Ish fue sacada.
Pero en este texto, el hombre, lejos de desligarse de toda culpa responsabilizando a la mujer por comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, le propina una soberana paliza obligándola a perseguir a la serpiente hasta matarla y cocerla en un caldero para comérsela en lo que constituye el primer banquete de un ser humano relatado en un escrito que narra La Creación.
En ese menester es cuando se presenta el mismísimo Dios enunciando la célebre pregunta que todos conocemos:
¿´Ish, dónde estás?
La parte que sigue a la pregunta del Creador es la única que difiere de la que conocemos a través del canon hebreo incorporado por el Cristianismo a la Biblia con posterioridad: En el Enuma Elish, el hombre se echa hacia atrás en la silla y luego de un estruendoso eructo contesta mirando de reojo a su mujer que en un rincón lava unos enseres:
Y ya lo ve, jefe... como el traste,...pero téngame confianza que lo vamos a ir solucionando despacito.
LEVA COSANOVICH
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