Rainer Maria Rilke - Cartas a un joven poeta "Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Anteriormente les preguntó a otros. Los lleva a las revistas. Los coteja con otros, y se preocupa porque algunas redacciones los rechazan. Entonces (como usted me ha permitido aconsejarlo), le suplico que abandone eso. Usted mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie".
lunes, 17 de mayo de 2010
ENUMA ELISH
En el Enuma Elish, Marduc se erigió él mismo como el dios más importante entre todos los de la Mesopotamia.
La tabla undécima de la épica de Gilgamesh, rey de Uruk, es muy similar en su bosquejo al relato del diluvio narrado en Bereshit (o en el principio) 6-9. En 1-8 se narran eventos similares a los relatados en la Épica de Atrahasis, en ese texto se destaca el mismo motivo básico del relato de la creación-rebelión-diluvio que el del relato bíblico.
Tablas de arcilla (aprox. 2500-2300 AC) halladas recientemente en el antiguo sitio de Ebla (la actual Tell Mardij) al norte de Siria, también contienen paralelos sorprendentes.
En ellas, si bien la secuencia de lo que llamamos La caída es prácticamente exacta, los hechos difieren de una manera tal que llama la atención.
Dios hace caer en un sueño profundo al hombre (´ Ish) para extraerle una costilla con la cual hizo a la mujer (´Ishah).
´Ish también exclama:
Esta sí es hueso de mis huesos
Y carne de mi carne,
Se llamará ´Ishah
Porque de ´Ish fue sacada.
Pero en este texto, el hombre, lejos de desligarse de toda culpa responsabilizando a la mujer por comer del árbol del conocimiento del bien y del mal, le propina una soberana paliza obligándola a perseguir a la serpiente hasta matarla y cocerla en un caldero para comérsela en lo que constituye el primer banquete de un ser humano relatado en un escrito que narra La Creación.
En ese menester es cuando se presenta el mismísimo Dios enunciando la célebre pregunta que todos conocemos:
¿´Ish, dónde estás?
La parte que sigue a la pregunta del Creador es la única que difiere de la que conocemos a través del canon hebreo incorporado por el Cristianismo a la Biblia con posterioridad: En el Enuma Elish, el hombre se echa hacia atrás en la silla y luego de un estruendoso eructo contesta mirando de reojo a su mujer que en un rincón lava unos enseres:
Y ya lo ve, jefe... como el traste,...pero téngame confianza que lo vamos a ir solucionando despacito.
LEVA COSANOVICH
EL HOMBRE SIN CARA
En mi sueño yo soñaba que dormía, y que alguien sin cara caminaba al lado de mi cama. Quería despertar pero algo me frenaba, por alguna razón, no lograba abrir los ojos y sin embargo desde un punto en el techo podía verlo dar vueltas, como esas camaritas de los bancos o los aeropuertos que persiguen a algunos que tienen facha rara.
En un momento el tipo se acercó demasiado como si fuera a decirme algo al oído y temí despertar, pero no, seguramente había querido cerciorarse de que yo dormía.
El sujeto sin cara dio varias vueltas alrededor del bulto que yo era bajo las frazadas, miraba todo sin ver desde la oscuridad de su rostro invisible. Sin dudas que podía ver y algo parecía llamarle la atención, porque lo curioseaba todo.
Aunque no era un ladrón, al menos no del tipo de los que acostumbramos a escuchar en los noticieros parecía un maligno extraterrestre o un ser escapado de una tumba, alguien sin dudas con aliento pestilente y fétido que usaba mi reposo para intimidarme o extraer alguna información de la raza humana.
Nada me saca de la cabeza de que él sabía que yo sabía que estaba merodeando. Yo trataba de no alterar otra vez mi propio ritmo de respiración, incluso a cada tanto me atrevía a toser un carraspeo, para que no sospechara que estaba semi despierto en medio de un sueño aparente.
Bueno, despierto, despierto, lo que se dice despierto, ya mencioné que no lo estaba, quería estarlo pero también mencioné que no podía. En un momento miré con estupor cómo el sujeto sin cara con un movimiento convulsivo se desvanecía, desapareciendo en el aire.
Inmediatamente pude despertarme, había quedado en el ambiente un olor desagradable, una rara picazón que me entraba sutilmente por los agujeros de la nariz para alojarse en un lugar desconocido.
En lo que quedó de noche ya no pude retomar el sueño, no era miedo, era el olor lo que me impedía hacerlo. Prendí el velador y traté de volver a la lectura del libro que había dejado en la mesita de luz.
Eso era. En la trama ocurría algo parecido a lo que acababa de soñar, alguien venía desde un submundo a buscar al protagonista que se resistía.
Eso era nomás. Prometí no leer nunca más antes de dormir esa clase de literatura efectista.
Levantado con una urgencia desconocida, encendí la luz del baño y oriné con ganas. Oyendo el ruido monocorde del chorro adentro del inodoro no vi en el espejo que daba a mis espaldas, lo que habría de ver con terror cuando salí del baño: por alguna razón, mi imagen reflejada tampoco tenía cara.
LEVA COSANOVICH
viernes, 11 de diciembre de 2009
LOS MENGUANTES
(“A veces me digo que escribiendo esta confesión, haciéndola pública, encontraré algún alivio”.
“MI PADRE”. Guillermo Saccomanno.)
Y qué si se acabaran todos los asombros
y qué si determinados hombres dejaran de encogerse
y uno de esos menguantes fuera nuestro padre.
Y qué si alguna vez desertáramos del trabajo en busca de aventura,
pero nos descubrieran.
O qué si a alguien se le ocurriera un foro sobre precipicios.
(Seguramente iría complacido)
Igual, nada pasaría con el hombre del subsuelo
lugar donde amanezco a veces;
el que no decide con cuál de sus manos tocar el timbre
y en ese deambular se rompe tres costillas.
Justo las tres que uso para perdonar.
(Ignoro si la expresión es la correcta).
Y qué con el viejo que empuja su carrito de compras
o el perro que ronca en la vereda, al lado de la puerta,
como si esperara también él, el cielo de los perros.
Y qué si todos soy yo mismo
en duelo interminable con mi padre.
Qué infausta cosa competir a muerte con un muerto
a mis sesenta y pico.
Tal vez el pobre ande errando en los rincones, pienso
y quiera decirme algunas cosas, cara a cara;
por fin, las cosas que nunca nos dijimos.
De hombre que respira todavía, a padre muerto,
si esto de la muerte fuera, lo definitivo.
LEVA COSANOVICH
11 de diciembre de 2009
“MI PADRE”. Guillermo Saccomanno.)
Y qué si se acabaran todos los asombros
y qué si determinados hombres dejaran de encogerse
y uno de esos menguantes fuera nuestro padre.
Y qué si alguna vez desertáramos del trabajo en busca de aventura,
pero nos descubrieran.
O qué si a alguien se le ocurriera un foro sobre precipicios.
(Seguramente iría complacido)
Igual, nada pasaría con el hombre del subsuelo
lugar donde amanezco a veces;
el que no decide con cuál de sus manos tocar el timbre
y en ese deambular se rompe tres costillas.
Justo las tres que uso para perdonar.
(Ignoro si la expresión es la correcta).
Y qué con el viejo que empuja su carrito de compras
o el perro que ronca en la vereda, al lado de la puerta,
como si esperara también él, el cielo de los perros.
Y qué si todos soy yo mismo
en duelo interminable con mi padre.
Qué infausta cosa competir a muerte con un muerto
a mis sesenta y pico.
Tal vez el pobre ande errando en los rincones, pienso
y quiera decirme algunas cosas, cara a cara;
por fin, las cosas que nunca nos dijimos.
De hombre que respira todavía, a padre muerto,
si esto de la muerte fuera, lo definitivo.
LEVA COSANOVICH
11 de diciembre de 2009
miércoles, 9 de diciembre de 2009
EL INTRUSO (CUENTO BREVE)
Cuatro de Agosto de mil nueve sesenta y seis, todas las tumbas tienen esa fecha, como si a los muertos de ese cementerio se les hubiera ocurrido morirse en un misterioso cataclismo universal y el tiempo se hubiera detenido desde entonces.
Mi mente comenzó a correr por lugares imposibles. No podía ser, alguien debió enterrarlos. ¿Pero quién, y dónde estaban ahora?
El sitio está vacío, y no hay ningún pueblo o caserío cerca, un hueco en la geografía que asusta y duele, tanto que ni siquiera pájaros hay entre el ralo follaje de los pinos, ni rastros de babosas o caracoles que suelen elegir la humedad de las lápidas, ni siquiera viento.
¿Quién? Digo, y me acerco a una tumba que llama mi atención desde el extremo más alejado del predio, una tumba a todas luces nueva, más acá en el tiempo que jamás de los jamases podría ser de aquélla fecha repetida.
Me acerco desde atrás, alcanzo a ver que aún está vacía, está recién pintada, como de apuro, el celeste tiene todavía las aureolas de humedad características de la pintura todavía fresca, sobre la lápida hay una placa de bronce lustroso con mi nombre, la fecha de mi nacimiento y la del fatídico momento en que todos dejaron de existir: Cuatro de Agosto de mil nueve sesenta y seis, pero mi foto, mi foto es antigua, estoy sonriendo con una expresión de verdadera alegría, está bastante borrosa pero no tengo ninguna duda, tendría unos dieci… trato de sacar cuentas con los dedos, pero misteriosamente no logro moverlos……
V. P. – BUENOS AIRES
levacosanovich@hotmail.com
miércoles, 2 de diciembre de 2009
EL HOMBRE ROTO
Desintegrado en mi dualidad,
reconciliado en carne.
Venus de Milo dándome la espalda.
Quién es esa señora grito
esa dama sin manos que me evita
en la habitación.
Cúpulas de San Marcos,
sus pechos suben y bajan
lejos de mis dedos y mi boca abierta,
hundido hasta el cuello en el hormiguero
que alguna vez fueran sábanas.
La más horrible de las muertes
¿O hay algo peor que la apatía?
Estoy roto y lo ignoro
la realidad no se compara
ni se mide contra sueños de niño
(Ese telescopio al revés);
El Demonio nunca apaciguado,
Euménide en actitud de acoso,
asfixiando suavemente con sus manos
mi garganta, hurgándome las culpas.
Allí quedaré
desgarrado hasta mi última piel.
Al apagar la luz, sin saber el día ni la hora
y en competencia con El Creador,
adoptaré una nueva aptitud para este día,
aprenderé a vivir, por lo que veo
recién, el día de mi muerte.
levacosanovich@hotmail.com
sábado, 5 de septiembre de 2009
VIEJOS QUE SE MURIERON DE VIEJOS
Maldito el hombre que no huye del amor.
Suicida. No suele ser lo más inteligente
ir impávido hacia lo recio de las llamas
ver cómo los demás hacen gastos horrorizados
para que uno salve el saco de la chamusquera.
Uno arriesga sus ojos cuando se detienen
un segundo de más en otros ojos.
Sonríe al no recordar un nombre
Idiota que se sabe condenado, pero ríe
y no hace caso a los viejos que lo aleccionan
desde la mala suerte llena de unas copas.
Un día no muy lejano llegará al mismo bar
idéntico sujeto. Más bien será una noche,
sin corbata, entrado en carnes y resquemores
vendrá en busca de unos viejos ya muertos de viejos.
Vendrá desde una casa idéntica a la mía
Los mismos números, rota, la puerta de salida.
Leva Cosanovich
levacosanovich@hotmail.com
Suicida. No suele ser lo más inteligente
ir impávido hacia lo recio de las llamas
ver cómo los demás hacen gastos horrorizados
para que uno salve el saco de la chamusquera.
Uno arriesga sus ojos cuando se detienen
un segundo de más en otros ojos.
Sonríe al no recordar un nombre
Idiota que se sabe condenado, pero ríe
y no hace caso a los viejos que lo aleccionan
desde la mala suerte llena de unas copas.
Un día no muy lejano llegará al mismo bar
idéntico sujeto. Más bien será una noche,
sin corbata, entrado en carnes y resquemores
vendrá en busca de unos viejos ya muertos de viejos.
Vendrá desde una casa idéntica a la mía
Los mismos números, rota, la puerta de salida.
Leva Cosanovich
levacosanovich@hotmail.com
TOBOGANES
Hubo una tarde,
Indivisa, rítmica, sin pantomima.
(Carteles con flechas encontradas
Chismes, para nuestra juventud)
Hubo una tarde,
Sin preguntas y respuestas
Sin sortilegios
No nos escondíamos,
Y una avenida que no tendría fin
Una semana laboral de cinco días
(Tarde de acuarelas, benigna)
Pero también había señales de espejos
Que nos llegaban nítidas.
Hubo también toboganes en el cielo,
Un tiempo antes
De que el sol se apagara sin remedio.
Indivisa, rítmica, sin pantomima.
(Carteles con flechas encontradas
Chismes, para nuestra juventud)
Hubo una tarde,
Sin preguntas y respuestas
Sin sortilegios
No nos escondíamos,
Y una avenida que no tendría fin
Una semana laboral de cinco días
(Tarde de acuarelas, benigna)
Pero también había señales de espejos
Que nos llegaban nítidas.
Hubo también toboganes en el cielo,
Un tiempo antes
De que el sol se apagara sin remedio.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





