Suspiro en este campo de batalla
aquí los hombres se mataron
por razones que pocos recuerdan.
La noche, que no miente
prefigura desde entonces
el vientre de la ballena
que nos ha de tragar un día.
¿Arde aún en los espíritus la herida?
¿Mana todavía el surco que abrió la bayoneta?
La punta del metal se desvió con fuerza sobre el hueso,
a esa hora los hombres eran cadáveres,
no alcanzaban a cerrar sus ojos inauditos.
Larvados de inmundicia
descendían en esta misma tierra
donde hoy crecen las flores.
Ahora procuro recoger mi alma en este mismo sitio
este tiempo distinto.
Trataré de no llorar por los caídos
sonrisas de fotos agrisadas
pero no miento si digo
que podría oír las gárgaras de sangre
sobre el barro que se les fue formando
bajo las tripas.
Vagan afantasmados todavía, con sus alaridos
andan con nosotros
en el miedo que no pudimos sacudirnos,
merodean, como el viento frío.
Leva Cosanovich.
14 de Noviembre de 2011.
V. del P.
Rainer Maria Rilke - Cartas a un joven poeta "Usted pregunta si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Anteriormente les preguntó a otros. Los lleva a las revistas. Los coteja con otros, y se preocupa porque algunas redacciones los rechazan. Entonces (como usted me ha permitido aconsejarlo), le suplico que abandone eso. Usted mira hacia fuera y, es precisamente lo que no debe hacer ahora. Nadie puede aconsejarlo ni ayudarlo, nadie".
lunes, 14 de noviembre de 2011
domingo, 13 de noviembre de 2011
REPRESALIA
Esa palabra venía huyendo de mí desde hace días, asomaba a la punta de mi lengua…y nada…yo comencé a odiarla en algún momento, iba y venía, ella le otorgaba la importancia de un comino a mis insomnios, siempre a la búsqueda yo, moderno Ahab con el arpón listo en mi mano derecha, inclinado como un anacoreta en la semi oscuridad y la canoa lista y toda mi tripulación lista...fulano, mengano, todos listos, solo me faltaba ella.
Poco le importó que yo invocara a todos los dioses de mi Panteón personal navegando los mares del hemisferio sur, oscuro poeta de estas latitudes; la palabra nunca vino mordiéndome los labios, jamás llegó.
Vacías están algunas de mis hojas, las mejores, como ametralladas en ese lugar donde ella falta por un loco inservible que vendría a ser yo, con mis ojeras de siempre sobre los anteojitos de leer, levantado bien temprano y el mate a la mano para no dormirme mientras todos duermen.
Por su culpa he decapitado a otra palabra, una parecida, casi igual a la que nunca me llegó.
Tijera en mano, lentamente, con algo de piedad, apuñalé otra vez mis hojas en todos los sitios en que la había escrito hasta dejarlas como un queso gruyere.
Total, nunca estuvo a la altura de las circunstancias.
Leva Cosanovich.
13 de Noviembre de 2011.
V. del P.
Poco le importó que yo invocara a todos los dioses de mi Panteón personal navegando los mares del hemisferio sur, oscuro poeta de estas latitudes; la palabra nunca vino mordiéndome los labios, jamás llegó.
Vacías están algunas de mis hojas, las mejores, como ametralladas en ese lugar donde ella falta por un loco inservible que vendría a ser yo, con mis ojeras de siempre sobre los anteojitos de leer, levantado bien temprano y el mate a la mano para no dormirme mientras todos duermen.
Por su culpa he decapitado a otra palabra, una parecida, casi igual a la que nunca me llegó.
Tijera en mano, lentamente, con algo de piedad, apuñalé otra vez mis hojas en todos los sitios en que la había escrito hasta dejarlas como un queso gruyere.
Total, nunca estuvo a la altura de las circunstancias.
Leva Cosanovich.
13 de Noviembre de 2011.
V. del P.
jueves, 13 de octubre de 2011
LOS CUATRO, EN LA CORNISA (Fragmento del Libro de Poemas: Los Superhéroes también suelen tener cáncer.)
Un minuto de silencio, anoche, tipo tres de la mañana, hora de las lauchas, caminando por una cornisa de tanto no poder dormir, tratando de imitarte, lleno de miedo, tan cerca el cielo y tan lejano, entre gente que sobrevivirá otra vez a la noche y no merece.
Y vos que no querés hablar conmigo ni con nadie, y tu esposa que dice en un mensaje: está muy dolorido, el flaco, el último análisis salió una mierda.
Y mi hija, también, lejos también, enojada conmigo, también, por cosas que algún día podremos sentarnos a arreglarlas…y lo que me pasa también es…nada; nada es demasiado importante ahora, en este minuto.
Y Batman que no saluda a nadie, y Superman que se toma una birra con el Joven Maravilla, haciéndose los distraídos, oyendo a la Bersuit.
…y tu cabeza está llena de ratas…te compraste las acciones de esta farsa…y el tiempo no para…no para…
Y nadie habla, nadie dice nada. Miramos los cuatro para adentro, todos, hacia ningún lado, y pasa el 22 que pasa por Bernal, y no me animo.
Y alguien murmura algo, y nadie dice nada, y pienso en cosas estúpidas, como que daría cualquier cosa para volver a pescar con vos; o en los bolsillos de tu ambo azul, llenos de caramelos.
¿O los traías en tu corazón?
Fácil era ser amado por tu amor, fácil. Uno, solamente tenía que tener déficits, si algo te faltaba, un ojo, una pierna, un abrazo, una palabra, un padre, una madre, un hijo sin espíritu santo incorporado, ahí aparecías, con ese afecto tan material que daba miedo, con tu sonrisa que aflojaba la herrumbre de cualquier tornillo.
Vos, con las manos llenas o vacías, peleado a muerte con la indiferencia, cortando en dos el sandwichito, repartiendo, tocando sobre todo; un hombro, una mano, el pelo, cualquier cosa medio sucia, cualquiera de las cosas que uno suele arrastrar por el barro.
Nadie dice nada, y esta ciudad enorme que no es nuestra, porque es de todos, ciudad violenta, llena de odios, hace silencio abajo, silencio arriba, detrás de los balcones franceses de los copetudos.
Silencio tremendo, detrás de los malvones colorados.
Los únicos que aguantan el invierno y el verano por igual, me dijiste un día…más silencio detrás de toda esa masa impensable de silencios, y nosotros cuatro, desconcertados a más no poder.
Y pateo una maceta y nadie habrá que la alcance antes de que mate a alguno distraído, y chirrían las gomas de un auto lleno de infames que están de parabienes, y todo se está yendo al carajo, y Dios, que justo dejó apagado el celular y se mandó a mudar un par de días.
La pucha, justo ahora.
Leva Cosanovich
17 de mayo de 2011
Bar del Lector.
martes, 11 de octubre de 2011
DOMINGO
Domingo es el día perfecto. Amanezco temprano yo también con la claridad, pongo la pava para el mate y paso por el baño, luego abro las ventanas, extiendo los tapetes que me cosió mi madre, uno sobre la mesa para la computadora y el otro sobre la silla donde me sentaré a escribir.
Si llueve o está nublado, el domingo ya tiene visos de perfección, si hace frío, enrosco mis pies enguantados en medias con una colcha que también trajo mi madre de un viaje a Paraguay.
Es el día en que más escribo, mejor aún, participo de toda esa pequeña cosmogonía que me da seguridad tratando de modificarla a mi antojo para escribir cómodo, es el día de la contemplación, no hay autos que me distraigan ni gente conversando en la vereda bien temprano, solo pájaros y más de una vez, el rumor del viento o solamente la lluvia a través de la ventana.
En un balcón del otro lado de la calle hay un gato que a veces logra sacarme de quicio haciendo equilibrio sobre las verjas a tres pisos del suelo; a mi izquierda, un paraíso extiende sus ramas verdísimas, y sus florecillas violetas se asoman sobre mi departamento como pidiendo permiso. Solo eso, nada más que eso. Nada menos.
Domingo es el día en que suelen visitarme los fantasmas apolillados de la memoria emotiva, no basta con recordar algún hecho que pasó sino que en ese día, frecuentemente recuerdo incluso lo que he sentido mientras transcurrían aquéllas anécdotas que escribo. Aromas, risas, colores que nunca se habían ido pero que no había vuelto a sentirlos.
Sospecho que el tiempo en estas cosas me juega una mala pasada, que los agiganta en detalles graciosos o emocionales obligándome a hacer un esfuerzo para discernir cuál de ellos corresponden a lo verdaderamente histórico y cuál a lo potestativo, cuáles cosas ocurrieron y cuáles invento ahora frente al papel.
Y la mañana corre, el termo se queda más de una vez sin agua, y las letras que sin darme cuenta llenan algo, a veces son páginas, otras veces solo mínimos espacios.
El día en que me cueste escribir, o que hacerlo signifique un displacer, ni siquiera abriré la computadora, cuando no tenga nada que decir seguramente estaré muerto y nadie me lo había dicho.
Pero domingo también es, tipo diez de la mañana, el movimiento bullicioso del hogar para viejos a mitad de la cuadra, algunos cantan, otros llaman a alguien emocionados en voz alta, se adivina un frenesí que durante la semana no ocurre, o no se nota; se bañan, se peinan, se acicalan para, tal vez, una visita.
Hay una vieja que se sienta en un sillón todas las tardes en la vereda. Cuando sacamos a mi hijo de pocos meses para su diario paseo, lo mira embelesada, levanta la mano y hace una mueca que alguna vez seguramente habría sido una bella sonrisa.
Siempre que la vemos, cruzamos la calle y nos detenemos unos instantes para que ella pueda hacerle unas morisquetas al pequeño, no sé cómo se llama, ni a quién recuerda cuando ve a mi hijo, si existe esa criatura de su imaginación o si luego de que nos marchamos lamenta su soledad.
Domingo es esa vieja también, ese ser en desuso que algún día mi niño llamará abuela, y los otros que le hacen coro a media mañana para decirnos lo que se nos viene y ya está a la vuelta de la esquina.
Fue domingo el día que escribí el poema que más me gusta y el cuento que me representa, fue también el día en que voló mi amigo con alas de ángel que le crecieron repentinamente, aleteó un poco sobre el techo para ser visto y no lo vimos más, el día de los llamados por teléfono a los que amo, en el que más veces entro a la pieza de mi hijito a mirarlo solo porque sí, porque escuché que estornudaba o tosía; el día en que le retaceo minutos a mi oficio con el atenuante de mirarlo dormir transversal en la cama, todo despatarrado; y a mi mujer bellísima también y sensual, adivinada en la semioscuridad con algo de su ropa mínimamente cubriéndola.
Noto que me estoy poniendo viejo porque domingo es precisamente, cuando más miro la vida, cierro los ojos, huelo, me coloco junto a la corriente de aire que cruza hacia el lavadero y aguzo sentidos que hasta hace poco ignoraba que tenía, receptivo de tanta cosas que nos sobra, en busca del mínimo rastro de alguno de los fantasmas que deambulan nuestros rincones sin atreverse a romper las reglas y voltear un portarretratos como si fuera obra del viento y hacerse el distraído, como buen fantasma; o echar a cabalgar el caballito anaranjado que mi hijo dejó tirado desde la noche en el piso del comedor para que notemos su presencia afantasmada alrededor nuestro.
Alguna vez, por el simple acto de vivir, acabaré esta vida. Seguramente antes, también habré dejado de escribir. No sé por qué, al fin y al cabo a nadie le importará y yo no estaré, pero me gustaría que fuera un domingo.
Tal vez para que en el hipotético caso de que alguien me recuerde con nostalgia justo en ese día, ese sentimiento sea un eslabón, el último, de mi larga cadena de domingos.
Leva Cosanovich.
14 de enero de 2011
Villa del Parque.
domingo, 25 de septiembre de 2011
LOS HOMBRES BUENOS Y LOS HOMBRES MALOS
Los hombres buenos pocas veces dicen la verdad, y siempre tienen una causa que lo amerita; animal de rebaño, nunca protestan, y si lo hacen, solamente en dosis controladas y en ámbitos domésticos donde se sienten aprobados entre ellos.
¿Recibió usted el Espíritu Santo, querida? Ay, no tiene usted idea de lo que se pierde, hay mucho, no se preocupe, es para todos, beba de esta agua, no hay que hacer nada, solo siéntase un poco compungido. Para ayudarlo, le cantaré un precioso himno que acabo de traducir.
Los malos en cambio gritan, patalean, lloran en público, dejan jirones de piel sobre los látigos, sobre camas de hierro donde les pasan corriente, salivan la bolsa que les tapa la boca. No pueden ocultar ciertas verdades, (las que los buenos suelen disfrazar), no mienten bajo ninguna circunstancia, por eso son perseguidos y excluidos de las religiones y las fiestas. Los libros los definen como Hominis Optime.
Sin embargo, hay que reconocer que todo lo aprendido ha venido de los buenos; esgrimen con voz de profetas, para que les temamos, falsas verdades que les llegan de algún lugar recóndito al que solo ellos tienen el ingreso permitido a perpetuidad, y después de ellos, sus hijos.
Y si no son falsas verdades, serán falsas mentiras, porque los hombres buenos todo lo controlan con la ideología. Es así te dicen en la cara, y pueden explayarse sin equívocos tanto de cuestiones religiosas o axiológicas como del comportamiento del dólar hacia la próxima década.
Cuando filosofan omiten el yo pienso, o yo creo. Es como yo digo, repiten, y los demás dicen amén. Además saben con exactitud cuándo será el fin del mundo, aciago día en el que el dios celoso que se empeña en esconderse y ellos predican, se habrá cansado de todos nosotros y esconderá su amor inconmensurable…y nos castigará…con fuego del cielo, o tal vez nos diluvie de nuevo.
Ellos todo lo saben, o casi todo, es muy difícil hacer dudar a un hombre bueno, ¿acaso, no controla sus emociones en público, acaso no reparte todo, todo, todito lo que le sobra?
¿A cuánto la verdad señor, a cuánto el futuro de todos nosotros, pobres descreídos? Sueltos de lengua, nos inculcan desde niños las grandes verdades que leyeron en un libro, y ya se les habían ocurrido a otros. Como buenos discípulos, discipulan, como buenos creyentes tragan sin rumiar la hierba que crece en todo lugar de universo, sobre todo las más tiernas.
Pero tienen un problema: no pueden crear, eso está reservado para los malos, porque para hacerlo hay que aventurarse por sitios que ellos jamás frecuentan, (dios no lo permita, es la frase que utilizan en esas circunstancias) y esa anomia tan parecida a la piedad los vuelve intolerables.
Crucifican a los Jesucristos que se atreven a cuestionarles cualquier cosa. Son los que respondieron primero a lo largo de la historia de quién es era moneda. Del César, del César, siguen repitiendo sin que nadie les pregunte; los que tomaron la primera piedra, los que todavía se enojan si uno osa parar en casa de Nicodemo (si no devuelve primero el dinero que nos ha robado), o peor aún, pecado mortal, si uno pasa una noche en lo de María y Marta.
Crucifíquenle, crucifíquenle, suelen gritan cuando no entienden algo que les mueve el piso, pena de muerte, pena de muerte al reo, gimen incluso cuando sueñan. Y respetan los horarios a rajatabla, incluso han tenido que suspender alguna lapidación parque ya era la hora del rezo.
Sí son concienzudos en lo suyo, y si hay que dar un rodeo para no tropezar con un prójimo que alguien asaltó, tumbado al borde del camino…se lo da; no es bueno llegar al templo en una hora inapropiada.
A lo largo de los siglos monopolizaron la Verdad, con esa palabra mataron más gente que cualquier otra peste, con ella arrinconaron a algunos en los peores sitios, les cambiaron el nombre que sus padres les habían puesto por otros inimaginables. Habrase visto tamaña confianza de estos demonios, atreverse a ser malo, resistirse de creer y atreverse a pagar el precio de habitar en las cavernas.
Los hombres buenos no hacen cosas impuras, tampoco les importa que ello constituya el instinto primerísimo con el que dota la naturaleza a toda la humanidad.
Solo los malos tocan, solo ellos gustan, solo esa raza maldita que se ama a sí misma, y se complace. A ellos no les gustan los parásitos que se elevan como árbitros para determinar qué cosa es un valor y qué no en este mundo. Suelen rechazar los beneficios reservados para después de la muerte, descreen de todo paraíso que no esté bien a la vista, o solo venga en fotos; se enfrascan en la vida del Más Acá.
Los hombres buenos desvalorizan lo mundano en pos de algo que no pueden ver, o tocar, o sentir, y lograron enfermar al cuerpo; para poder romperlo y lacerarlo sin remordimientos. El concepto de alma inmortal es un hallazgo de los hombres buenos, para poder dormir, para alejar los fantasmas de la noche. Los malos, duermen a pata suelta con esas sombras.
Mi abuelita creía en los hombres buenos, por las dudas, rezaba a la noche tal como le había sido enseñado; mi padre fue un hombre malo, orgullosamente malo. Ambos murieron y ella se marchó a su cielo, al cielo de los buenos. Mi padre, como no creía en nada, se quedó solamente en los recuerdos.
Yo todavía lucho por sacudirme las grandes verdades de los buenos, y al mismo tiempo soy solo la mitad de malo que quisiera haber sido. No he podido gozar lo suficiente para ser uno con todas las letras.
Mi hijo...él es chiquito todavía…igual, va por buen camino, creo, lo entreno todos los días en la risa, salimos sin remera cuando llueve en el verano, perdimos los relojes ya hace tiempo.
Los buenos hombres están enojados conmigo, preocupados por la humanidad, las ballenas y a tala de árboles indiscriminada, es lógico que se preocupen también por nuestros hijos.
Dicen que mejor él no se criara conmigo, que mejor fuera que el niño conozca bien los límites… para que tenga un buen futuro, dicen.
Leva Cosanovich.
25 de Septiembre de 2011.
Villa del Parque.
domingo, 4 de septiembre de 2011
UN MAS ALLÁ BIEN ACCESIBLE
No me lo contás, porque ni vos ni yo lo sabíamos hasta este momento, no podés contarme, y sin embargo estamos juntos sin quererlo, al calor de una hornalla vigilando cierta memoria que no necesitaremos; ponemos paños fríos sobre el fuego de nuestras realidades, e intentamos darle sepultura otra vez a esos recuerdos repitiéndoles con indolencia que ya no somos ese niño, que un adulto solo tiene miedo a que la palidez de algunas caras que transportan sus dolores se nos pegue, que preferimos los anteojos ridículos del agobio para ser ocultados entre la gente y no las gruesas patas de la mesa debajo de la cual alguna vez amanecimos.
Inexorable gesto frente a ese día al que no le sucederá ninguno otro, miramos como cae la tarde de nuestra resignación con el rostro sudado y el descaro de los limosneros que perdieron toda vergüenza; caminamos contando los pasos, uno, dos, tres pasos, hacia la frontera, sin saber qué tierra se abrirá, ni cuándo, y nos preguntamos si esto ya es la frontera o solo es la inminencia.
Y uno aprende a limar sus sufrimientos para que quepan más cómodos en el saco, solo que algunas penas incurables no se quitan; oímos a duras penas el chasquido que repite el dolor sobre nuestros huesos exánimes, el mal aliento que nos precede el entusiasmo.
De nada ayudará la aureola de hombre ilustrado con la que nos hacemos preceder. Hombre de fe. Nuestro prestigio perdido nos alcanzará en alguna de las esquinas cuando paremos a tomar un poco de aire, y despertaremos sospechas, nos mirará atentamente el que somos y escondido, espera debajo de la piel.
El antiguo rito, esa sonrisa de entre cara traerá a la memoria otros cuerpos hinchados, azules, con los ojos sin ver debajo de los párpados pugnando por salirse de las cuencas, y sacudiremos los pensamientos, pero los malditos no se moverán.
Y el juego estúpido de la verdad, ritual de religiones y filosofías con la que osamos mentirnos muchas veces, y el escandaloso placer con el que aprendimos a atormentarnos a hurtadillas será lo último de nuestra memoria, lo mejor a rescatar si nos fuera posible.
Querríamos volver atrás, pero esto el castigo urdido por el que dice que nos ama, de quien hemos heredado hasta su imagen y semejanza, solo nuestra férrea conciencia llevaremos enquistada, las bodas, las comidas familiares, la noche en que saltamos el muro aquél, cuando a golpes de puños nuestra hombría nos hizo creer que ya éramos grandes y aptos para lastimar, para matar, es decir, aptos para la vida; comerciantes cansados de hacer siempre lo mismo con zapatos agujereados, tipos que no van a ningún sitio pero andan apurados.
Pequeñísimos somos, insignificantes, enfadados en tanta prisa; quienes más nos conocen ni siquiera saben nuestro apellido, nos miran en el subte y ya lo saben, nos ven correr por Palermo e intuyen hasta dónde somos, a dónde llegaremos; nos venden un diario en la calle y al escrutar nuestras intenciones reconocen el norte de nuestra brújula, el articular de las pobres excusas, el balbuceo tonto de los labios y el vaivén de cabezas a la hora de las reflexiones.
Mentimos, y lo peor, nos mentimos a nosotros mismos para ganar tiempo, y perdemos tiempo, valiosos minutos que no recuperaremos, somos eficientes en el arte de mimetizarnos hacia adentro, incluso nos cuesta reconocernos en el espejo, nos sube la presión arterial y decimos: bien, apuñalamos la memoria ascendente y sonreímos después de la traición, solo nos sale sonreír después del ramalazo artero, y no supimos nunca el nombre del padre de nuestro abuelo…
Así seremos…como ellos, algo definitivamente perdido reclamando libertad con la rigidez de la que no saldremos nunca, para descubrir que somos piel y hueso, carne de matadero, mano de obra barata en la evolución, que no solo corre sangre adentro nuestro sino lágrimas, y que nadie tomará nuestra vida por la de alguno otro. Que de nada sirve el amor en cuestiones de la muerte.
Imposible arrodillarnos, le echaremos la culpa a esa articulación maldita, al viento que apagó la vela, al hecho incontrastable de que el mejor segundo de la vida se nos pasa recién en el último segundo.
Y extendemos la mano para aferrar a ese último que se nos ríe en la cara, diciéndonos pasaste, eslabón apenas, que te creías algo, tan solo por tener remordimientos, error tal vez de ese buen dios por el que fuiste dotado, aquél que te llevó a creerte como él, un poco eterno, merecedor de alguna cosa luego de tu paso por la tierra y para sobrevivir a tu conciencia, tuviste que inventarte un Más Allá bien accesible.
Leva Cosanovich.
V. del P.
13 de Agosto de 2011.
viernes, 10 de junio de 2011
APENAS CONOCIDOS
A lo lejos veo pinos sacudidos por el viento.
Acaba de caer un aguacero
y el agua se escurre en un embudo.
Todo se concentra allí,
envases, colillas,
bolsitas de plástico.
Ese remolino, nos recuerda cosas,
residuos de una fiesta,
porquerías que alguien desechó.
Hubiésemos preferido el anonimato
a la hora de las noticias pésimas,
nos acostumbramos rápido a la mugre.
Yo también habré caído junto con ellos,
cuando nadie me vio,
desde un balcón cualquiera
hasta la calle, que es de nadie.
Junto a las heces y los desperdicios,
incomodamos, olemos pésimo.
Metidos los pies en las alcantarillas,
resultamos perros que ganaron su cojera,
ladramos historias fantásticas
a la hora de la rabia.
Nunca dará la luz del sol
en esos sitios para prostitutas,
percudimos nuestra sombra,
ratas de un barco que se nos vino a pique
hace ya tiempo.
No solo aquellas damas
abrieron sus piernas por dos pesos.
El milagro ha consistido
en distinguirnos pares entre la maraña,
oler juntos la mierda,
llorar incluso, si nos hiciera falta-
Amontonados, gente solitaria
tímida, muy pocas veces
se nos escapa una carcajada.
Igual, el agua tiende a nivelarlo todo.
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